
No había ningún hombre mayor en la casa. A sus nueve años era demasiado lo que le pedían. Se arrodilló para ver por debajo de la platera. Allí estaba, alcanzó a ver la cola, relajada al igual que sus patas, sin embargo su panza estaba tensa, quieta, como congelada, entonces llegó hasta la trompa, levemente abierta dejaba escapar un líquido transparente y extraño, con temor llegó a los ojos, estaban abiertos, como observándole, todo le parecía antinatural. Se retiró asustado, sintió un leve temblor en todo su cuerpo. Vio a su alrededor: su abuela, autoritaria, gritaba palabras que él era incapaz de entender.
Antes de volver su vista hacia el cadáver, trató en vano de entretenerse con otra imagen, pero ni la cueva de la pila, ni las chancletas de su tía lograron distraerle. Con los ojos cerrados volvió hacia el perro. Sabía lo que tenía que hacer. Debía jalar de las patas al animal, traerlo hasta él y luego supuso que debía envolverlo en una manta, meterlo en un costal, llevarlo hasta el lote baldío, atravesarlo y arrojarlo al barranco.
Sus manos sudaban, estaba pálido y frío, su primer encuentro con la muerte había llegado demasiado pronto. Con la mejilla pegada al piso sintió desfallecer. Su abuela continuaba emitiendo sonidos extraños y violentos. Entonces, cuando sintió que las fuerzas le abandonaban por completo, tomó la pata del perro. Estaba rígida, tiesa como un trozo de madera, la jaló. El movimiento provocó una oscilación en la cabeza del can. Se sobresaltó pero no pudo soltarlo. Parecía que mano y pata se fundían. El temblor en sus manos aumentó, comenzó a escuchar un zumbido en sus oídos, cerró los ojos con todas sus fuerzas y se desmayó. Tuvo un sueño. Viajaba en una camioneta. Estaba sentado solo en un asiento del fondo. Únicamente le acompañaban el chofer y unas cinco personas, todas ellas sentadas al frente del bus. La camioneta abandonaba a los pasajeros a lo largo del recorrido. Pronto se fue quedando completamente solo. Finalmente el chofer se bajó; antes, le dijo que la ruta terminaba. El niño bajó y se encontró frente a un lote baldío, cerca de un barranco. No sabía qué hacer, entonces vio que alguien se acercaba. Era un mujer, alta, hermosa. Llegó hasta él. Sin decirle nada le tomó la mano y la puso sobre sus pechos. Sintió un cosquilleo que no había sentido nunca, era una sensación extraña que lo llenaba, al mismo tiempo, de placer y de culpa. Sintió la sangre agolparse en la frente. Una tensión en su cuerpo que le hacía crecer. Le invadieron unas inmensas ganas de orinar… las cosquillas en el cuerpo cedieron a una sensación de frío, entonces despertó. Nada había cambiado, seguía tirado sobre el piso frente a la platera, su abuela seguía regañándolo, un escalofrío lo llevó a observar su pantalón, estaba mojado pero no sintió vergüenza. Un desconocido valor le hizo estirar su pequeño brazo hasta alcanzar nuevamente la pata del animal, apretó las muelas y tiró con firmeza. El cadáver cedió, y sin resistencia alguna asomó la cabeza por debajo de la platera. La abuela calló, no por el valor de su nieto, sino por la mancha en sus pantalones.
El niño, con los despojos en su mano, trató de ponerse de pie. Entonces notó cierta incomodidad en su entrepierna. Una tensión inusual le dificultó el movimiento. Con asombro vió que su cuerpo no era el mismo. Entre su desmayo y la platera algo había cambiado para siempre. Vió a su abuela fijamente, ella retiró la mirada y se dio la vuelta aceptando su inoportuna presencia. Parecía que la vida, a través de su sexo, hacía un intento desesperado por apartarle de su antagónica compañera, la muerte.
El chico, ya con el cuerpo relajado, terminó de acomodar a su chucho en una bolsa plástica y luego en el costal. El camino hasta el barranco fue de pasos firmes, la cara al sol, con la mente inundada de nuevos pensamientos. Se detuvo frente al barranco, bajó su carga y antes de lanzar el costal al vacío, lloró como un hombre.
Ilustración: "Dalí a la edad de seis años, cuando creía que rea una niña, levantando la piel del agua para ver un perro dormido a la sonbra del Mar" de Dalí.